La gracia del perdón en nosotros
- Ramon Alexander Romero Reynoso
- 25 feb 2025
- 4 Min. de lectura

El perdón es un tema recurrente en la Biblia, uno de sus más tempranos ejemplos, lo encontramos en el personaje de José, al cual el libro del Génesis los capítulos 37 al 50. En este relato José es vendido como esclavo por sus hermanos, pasa por diversas penurias que incluyen la calumnia, la tración, el encarcelamiento injusto y el olvido. No obstante, por la providencia divina llega a ser Gobernador de Egipto, el más importante despúes del Faraon.
José nos da el ejemplo del valor necesario para perdonar, él pudo aprovechar su poder para humillar a sus hermanos y cobrarle de manera “justa” lo que podríamos llamar una “correcta retribución” por todo el daño que le hicieron. Pienso que no fue fácil a José llegar a esta determinación. Pero en la vida de José había algo diferente, y es que su estrecha relación con Dios le otorgó la gracia para otorgar el perdón. Esta acción de José tendría importantes consecuencias, permitiría establecer a su familia en la tierra de Egipto, evitándoles la muerte por la hambruna, cuyos descendientes más tarde conformarían el pueblo de Israel.
En conexión con el testimonio de vida de José, narrado en el Génesis, nos econtramos en Lucas 6:27-38, a seguidas de las bienaventuranzas, con una demanda radical Jesús: “A ustedes, los que me escuchan les digo amen a sus enemigos hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los calumnian” (Lucas 6:27-28), un llamado también para nosotros.
En la sociedad del tiempo de Jesús estaba vigente la llamada “Ley del Talión” que establecía el “ojo por ojo, diente por diente”. Fue una norma que se contemplaba en en el antiguo Código Hammurabi y fue asumida en el mundo del Antiguo Testamento. Si una persona cometía una acción, era condenada con una similar. Se perseguia entonces la “justa retribución”, o el equilibrio en las consecuencias. Pero Jesús trae una norma diferente, habla del perdón, llama a no retribuir mal por mal sino retribuir el mal con el bien, la ética del Reino de Dios.
Dice también: “Si alguno te golpea en una mejilla preséntale también la otra si alguien te quita la capa deja que se lleve también la túnica a todo el que te pida dale que quien se lleve lo que es tuyo no le pidas que te lo devuelva”, Lucas 6:29-30. ¿Es esta una instrucción literal? Hemos de tener cuidado en su interpretación. Cuando Jesús enuncia estas palabras se está oponiendo al esquema de la Ley del Talion, a no retribuir en la medida la ofensa, lo cual en verdad no es tarea fácil.
La invitación de Jesús es radical, su testimonio no fue solo de palabras, sino también de hechos. Jesús puso en práctica el perdón, fue capaz de perdonar a quienes lo calumniaron, burlaron, maltrataron, hizo el acto de amor más grande, alcanzar para nosotros el perdón en la cruz.
Dios nos creo con una naturaleza para relacionarnos con Él y esa relación implica amar a los demás como Él nos ama. Examinemos qué pasa cuando no perdonamos: enfermamos, sentimos dolor, tristeza y si se prolonga, odio; ya profesionales y cientificos afirman que los sentimientos de rencor y el odio pueden ser causantes de diversas enfermedades.
Tenemos el desafío de perdonar a aquellos que nos han ofendido, a quienes de una manera u otras nos hacen daño. En un mundo caído, afectado seriamente por el pecado, nos hace libres el perdón. Jesús en el evangelio contrapone al odio el amor, a la ofensa el perdón, a lo que añade la compasión o misericordia.
Qué difícil nos la pone Jesús, en una cultura basada en el intercambio “yo te hago bien si tú me haces bien” que nos enseña a buscar sólo el beneficio propio y en ocasiones la idea de hacerle bien a aquellos que nos han hecho mal es algo irracional o irrazonable.
Algunos al leer estas lineas estarán refrescando en su mente situaciones que han traído tristeza, dolor en la familia, con los amigos, en los lugares de trabajo, e incluso la misma comunidad de fe. La invitación de amar a los demás de manera incondicional es una invitación a vivir conforme a los estandares del Reino de Dios, donde el amor que Jesús nos da es incondicional, un amor que no se basa en lo que hagamos o dejemos de hacer.
Nuestra tendencia natural será hacia el amor condicional. Sin embargo, la enseñanza de Lucas 6:27-38 es del amor que trasciende a ello, que solo es posible vivir con el auxilio de Dios mediante la persona de Jesucristo y la fortaleza del Espíritu Santo.
El otorgar el perdón a quienes nos han ofendido debería ser un ejercicio diario. La falta de perdón no ayudará a nuestro crecimiento espiritual, ni nos permitirá una vida plena.
A veces decimos: “yo perdono, pero no olvido”, lo cual parecería gozar de cierta certeza pues los hechos continúan presentes en nuestra memoria. No obstante, lo que pasa cuando perdonamos, es que ese recuerdo ya no incide en nosotros ni nos afecta como antes, si hemos alcanzado la sanidad, si hemos entregado ello a Dios.
Es díficil otorgar el perdón, pero necesario. Recordemos que el amor más grande e incondicional lo hemos recibido de Dios al entregar a su hijo Jesucristo. Pidamos al Señor su gracia para amar a los demás de manera incondicional, como Él nos amó y para perdonar de corazón. Siendo compasivos, como también nuestro padre es compasivo (Lucas 6:36).









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